The Nightly Ghost

Encontrarán aquí lecturas de diverso género, la mayoría en castellano pero también algunas en inglés. Incluiré asimismo reportajes fotográficos de interés general, aunque priorizando la calidad de la imagen sobre la del documento ("regla general contra principio específico", por supuesto). Creo que todo podrá ser disfrutado de un modo u otro por cualquier visitante con ganas de leer o de mirar algunos minutos. Desde ya, agradeceré vuestros comentarios.

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'Jack of all trades, master of none'. Suena bien, aunque...

Tuesday, July 25, 2006

Lavinia y el cortaplumas

por Marcelo Curzi


I.

Si me detuve en Lausanne fue sólo por el cortaplumas. Poseer uno de esos curiosos artilugios de múltiple utilidad, cachas rojas y elegante cruz metálica incrustada, había sido mi máxima aspiración infantil de riqueza, y no podía ahora dejar pasar la oportunidad. Cerca de la estación, una tienda de artículos deportivos mostraba un surtido completo en la vidriera. Increíble. En Buenos Aires estaba acostumbrado a verlos de vez en cuando, altivos e inaccesibles, expuestos con lujo solitario en algún escaparate de la calle Sarmiento. Acá estaban alineados de a docenas, apoyados sobre sus respectivas cajitas de cartón azul, y todos, absolutamente todos, con sus cachas rojas y soberbio escudito en cruz.
“Je voudrais voir une de ces canifs que vous avez à la vitrine, s’il vous plaît Madame” le dije impecable a la mujer de apariencia simpática y rostro rozagante detrás del mostrador. Se incorporó sorprendida al escucharme, pero no sonrió, tal como yo esperaba que lo hiciera al sospechar quizás que mi verba gala no llegaba mucho más lejos. Después de un rato glorioso, salía del negocio con mi flamante Wenger en su cajita azul, saludado, ahora sí, por una sonrisa gentil y luminosa de Ardélène, a quien tan bien recuerdo a pesar de haber conocido por apenas algo más de media hora.

II.

Lavinia habrá tenido veinticinco o veintiséis años cuando emprendimos aquel crucero a Punta del Este. Yo era un adolescente de compañía agradable y más conocimientos náuticos que experiencia marinera. Nos habíamos conocido, no recuerdo cómo, pocos meses antes, probablemente en el club. Entre los dos guiaríamos su pequeño velero a través del Río de la Plata y algo más allá. Vendrían también dos amigas de ella que nada sabían de oleaje, mareos, sacudones y mojaduras indeseadas, e invariablemente dedicaban su charla a la anticipación de la estival ventura que nos deparaba seguramente el glamoroso destino oriental.

La madrugada prevista para zarpar presentaba una condición improbable. Algún fenómeno climático había determinado que, durante la noche, una miríada de camalotes derivara corriente abajo por el Paraná y cubriera la ribera del Plata con una maraña verde, espesa, continua e impenetrable, que duraba hasta más allá de la vista. Lavinia, decidida capitana, no se amedrentó, y, a pesar de mi consejo, levamos anclas hacia la espesura. Esperábamos que la potencia del pequeño motor de la nave fuera suficiente para abrirnos paso, bichero de por medio, hasta río abierto.
No habríamos recorrido aún media milla cuando la hélice se detuvo de súbito: una basta e implacable hebra de camalote la había atascado. Tras breve evaluación, Lavinia levantó de un tirón la pata del motor y estiró su mano hasta alcanzar la apretada fibra que estrangulaba el propulsor. En vano intentó aflojarla. “¡Marce, pasame tu cortaplumas!”. Observé angustiado sus vacilantes maniobras, entorpecidas por el meneo del barco, la incómoda postura, y el agua que lo mojaba todo. Mi querida herramienta se debatía por no dar en el río, o ser devorada definitivamente por el camalotal, mientras la indómita hebra sorteaba eficazmente sus pequeñas estocadas de acero inoxidable. “Ojo que no se te vaya al agua, Lavi…” fue todo lo que atiné a decir sin que trasluciese, creo, mi desesperación íntima. La frase sonó ridícula y egoísta. El silencio del río sin viento la agravaba. No pude evitar repetirla dos o tres veces. Lavinia me escuchó sin hablar mientras ajetreaba en la hélice. Quizás la indignación le impidió responderme.

El episodio dejó secuelas inciertas. No sé qué pensamientos habrán nutrido en ella (los caminos de Lavinia eran misteriosos), pero yo no pude sobreponerme por completo a la vergüenza durante el resto del viaje. De cualquier modo, mi actitud no ofendió seriamente a Lavinia: en una oportunidad, ya en Punta del Este, creyéndome dormido recorrió mi rostro con una caricia tenue de su boca y posó finalmente sus labios en los mios. Sentí el pulso tibio de su piel pero nunca abrí los ojos.

III.

Mi cortaplumas ha sido fiel compañero durante más de la mitad de mi vida. Ha mantenido mis uñas prolijas y emparejado mis cejas, me ha librado de innumerables astillas y espinas, ha afilado lápices, picado cebollas llorosas, cortado pizza entre risas de amigos y descorchado botellas de vinos inolvidables; ha recuperado anzuelos, eviscerado liebres y reparado armas, anteojos de sol y el teclado de una computadora. Ha estado en mis momentos de dicha y de espanto. Lo han sostenido en sus manos personas que amé y ya no están. Miles de imágenes de mi vida acuden y me embriagan cuando lo observo, cuando deslizo mis dedos sobre las heridas viejas de sus cachas rojas y escudo en cruz, sobre la ranura vacía de un escarbadientes plástico perdido; cuando recorto las uñas de los pequeños dedos de mi hijo.
El cortaplumas es un objeto apenas, pero sin el amuleto, quizás la memoria del alma no sería tan fácil. Por eso permanece.

No comprendo ahora mi vergüenza después de aquel accidente en el río, y tampoco la indignación de Lavinia. El indignado debería haber sido yo, y la vergüenza, de ella.
No frecuenté más el club y ya no recuerdo su rostro, ni su voz, ni sus gestos; apenas vislumbro fragmentos de su estampa en el pasado. Dudo de la certeza de aquel beso, y confieso haber tomado el nombre del velero para dárselo a la mujer. Porque también he olvidado el nombre de Lavinia.





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2 Comments:

Anonymous Anonymous said...

Marcelo te estás superando en el estilo. Esta prosa es impecable. Un abrazo
Marcelo Jacoby Beyer

4:47 AM  
Anonymous Anonymous said...

Me encantó, Marce. Cuidadas todas las palabras,tiene ese toque intimista del recuerdo chiquito pero que es tan parte nuestra.
Quiero más

8:00 PM  

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