Prolegómeno a 'La niña y el gallo'
He recibido algunos mails (no comprendo la reticencia a utilizar el sistema de comentarios) elogiando el romancillo “La niña y el gallo”. Se me critica sin embargo que no haya introducido de algún modo la pieza. Me reprenden alegando que cada entrada de un blog debería tener siempre, de un modo u otro, la impronta personal de su autor; especialmente en aquellos casos en que la obra publicada no es suya. Mea maxima culpa.
Confieso que leer poesía me cuesta muchísimo. Y así debería ser, porque un poema remite a imágenes, a una percepción íntima y profundamente subjetiva de su autor. En realidad la poesía no se lee; se incorpora, se absorbe. No deberíamos decir que conocemos un poema si no ha causado en nosotros ese tipo de percepción intensa y profunda, semejante a la que experimentara el poeta, aunque siempre impredeciblemente distinta. Quizás sea por eso que la experiencia sincera de la poesía purifica el espíritu, nos hace crecer, nos hace mejores.
Leer poesía es, por lo menos, tan dificultoso como escribirla; aunque no requiera del mismo talento.
Entiendo entonces que el poema debe ser honesto y puro a su modo. Esa comunicación, misteriosa y casi imposible, entre almas, no debe ser ultrajada.
“La niña y el gallo” despliega los elementos indispensables. Es simple, directo y verdadero; es síntesis.
El motivo, casi casual, es la indefensión de un gallo ciego. Su vulnerabilidad determina el amor que encuentra en los brazos de la niña que lo cuida y protege. En ella encarna la vergüenza del gallo por su inutilidad, y pretende preservarlo digno celando su ceguera; pero el poeta quebranta el silencio y derrama sobre nosotros la ternura que el secreto atesoraba.
La frescura virginal de la escena es respetada a ultranza. La realidad subjetiva no se altera, no se contamina, no se amplifica artificialmente; los recursos con que fluye son naturales y auténticos. El poeta carece por completo de vanidad, de aspiraciones personales; no tiene pretensiones. Se limita a aportar la belleza que convertirá una imagen común, que para cualquiera habría de pasar inadvertida, en un canto que conmueve y enriquece a quien lo sabe oír. Nos ha indicado con magia sutil hacia donde debemos mirar.
“La niña y el gallo” es etéreo; su impronta permanece aún cuando la letra frágil desvanece. Es una lección de poesía, una escuela de poetas. Por eso lo publiqué.
Confieso que leer poesía me cuesta muchísimo. Y así debería ser, porque un poema remite a imágenes, a una percepción íntima y profundamente subjetiva de su autor. En realidad la poesía no se lee; se incorpora, se absorbe. No deberíamos decir que conocemos un poema si no ha causado en nosotros ese tipo de percepción intensa y profunda, semejante a la que experimentara el poeta, aunque siempre impredeciblemente distinta. Quizás sea por eso que la experiencia sincera de la poesía purifica el espíritu, nos hace crecer, nos hace mejores.
Leer poesía es, por lo menos, tan dificultoso como escribirla; aunque no requiera del mismo talento.
Entiendo entonces que el poema debe ser honesto y puro a su modo. Esa comunicación, misteriosa y casi imposible, entre almas, no debe ser ultrajada.
“La niña y el gallo” despliega los elementos indispensables. Es simple, directo y verdadero; es síntesis.
El motivo, casi casual, es la indefensión de un gallo ciego. Su vulnerabilidad determina el amor que encuentra en los brazos de la niña que lo cuida y protege. En ella encarna la vergüenza del gallo por su inutilidad, y pretende preservarlo digno celando su ceguera; pero el poeta quebranta el silencio y derrama sobre nosotros la ternura que el secreto atesoraba.
La frescura virginal de la escena es respetada a ultranza. La realidad subjetiva no se altera, no se contamina, no se amplifica artificialmente; los recursos con que fluye son naturales y auténticos. El poeta carece por completo de vanidad, de aspiraciones personales; no tiene pretensiones. Se limita a aportar la belleza que convertirá una imagen común, que para cualquiera habría de pasar inadvertida, en un canto que conmueve y enriquece a quien lo sabe oír. Nos ha indicado con magia sutil hacia donde debemos mirar.
“La niña y el gallo” es etéreo; su impronta permanece aún cuando la letra frágil desvanece. Es una lección de poesía, una escuela de poetas. Por eso lo publiqué.





2 Comments:
Apreciado Marcelo. Tal y como te prometí, acabo de visitar tu blog y compruebo que tienes mucho qué decir y dispones de excelentes herramientas para hacerlo. Imprimiré un par de trabajos tuyos que me han interesado para leerlos durante mi viaje a Brujas. Ya te iré comentando.
En cuanto al tema del presente post, estoy en desacuerdo con los que te piden una introducción a tu poesía. Ésta tiene vida propia y hay que dejar que emocione, sorprenda o impacte al lector sin prolegómeno alguno. Quizás sí puedas hablar de las circunstancias que la originaron, del momento vital en que la concebiste, pero no explicar su contenido. De otra forma, pierde parte de su esencia. Te lo dice un esforzado aspirante a poeta.
Un abrazo.
PD: te recomiendo que actives la función anti-spam en las opciones sobre comentarios de blogger. Te ahorrarás muchos disgustos.
Estimado rythmduel,
Completamente de acuerdo; tanto, que mientras redactaba el post me sentía como aquellos guías en los museos de arte moderno que te explican cómo debes apreciar y cuánto te debe gustar una obra de arte determinada.
Sin embargo lo dejaré ahí, porque es también un lindo homenaje a mi abuelo (autor del romancillo), a quien apenas puedo amar y recordar por su poesía, ya que falleció cuando yo tenía apenas 4 años de edad.
Otro abrazo de vuelta.
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