por Marcelo Curzi
I.
No se puede comenzar a hablar de Mosaico sin antes hacerlo de Marcelo Jacoby. Comenzamos como “compañeros de colegio”, si mal no recuerdo allá por el año 1974, cuando cursábamos segundo año en el Nacional. No tuvimos una secundaria socialmente digna: nuestros intereses y proyectos diferían críticamente de los de la mayoría, lo que, en cierta medida y desde algún profundo y difuso punto de vista, nos tranquilizaba un poco.
Durante los tres años que siguieron, el núcleo de segregación que formábamos se nutrió de los conflictos de Pablo, de la risa nerviosa y contenida de Rolo y de los códigos carcelarios adquiridos en sus años de liceo del amigo Matt, que una vez hasta nos mostró una foto en la que se lo veía luciendo gorra militar. De lejos, gozábamos de precavida simpatía por parte del melancólico cinismo de Mariaga y de la aséptica discreción de Andy. A veces nos iluminaba también algún reflejo proveniente de la autosuficiente y prolija expeditividad de Claudia Rey…
Una vez desaparecido el cretino Palmieri, nuestra peor bête noire fue el negro Debenedetti. Lo recuerdo como una especie de Rigoletto, que divertía a los cortesanos de la división tercera a costa nuestra, sufridos Cepranos y Monterones. Su plato principal era inequívocamente Marcelo, y la historia de Mosaico comienza para mí aquel día en el que la víctima favorita tuvo la peregrina idea de llevar al colegio un libro de poemas, encuadernado con amoroso oficio en cuerina y cartón, compuestos por él mismo en colaboración con su amigo de la infancia Julio: los inolvidables “Cien Poemas Libres”.
Para qué abundar en detalles; basten algunas imágenes del espanto: atroces risotadas roncas, a mandíbula batiente, del negro Debenedetti; barbarie patente en su rostro mientras corría entre filas de bancos enarbolando el cuaderno; Marcelo desesperado en el vano intento de darle alcance para recuperar sus versos, preservar la integridad de la obra y mitigar en algo el escándalo; el negro, ya fuera de su alcance, declamando con torpeza y bellaquería algunas rimas escogidas de rebato; mofa general de los pares…
Los poemas en cuestión eran valiosos aunque ciertamente no por su calidad, ya que tenían corte más bien bufonesco y junto con Marcelo nos desternillábamos cada vez que leíamos alguno que otro en privado; lo eran porque cristalizaban códigos esenciales de su amistad con Julio. Las relaciones humanas tienen códigos particulares, y los de esta amistad estaban plasmados en los “Cien Poemas Libres”. Yo los apreciaba porque sabía lo que representaban íntimamente para mi amigo.
Quizás ese libro haya vertido el ectoplasma original; quizás Mosaico fuera fruto, casi un lustro después, de la dolorosa “Ordalía de los Cien Poemas” a que el destino condenara al incauto Marcelo y de cuya ejecución fuera responsable el verdugo negro Debenedetti.
II.
Mosaico pretendía aglutinar gente con ganas de crear, de expresarse, que produjese cuentos, poemas, dibujos; cualquier tipo de arte o protoarte. Todo lo publicable era evaluado criteriosamente para decidir si cuajaba con nuestro concepto subterráneo y puro. La idea era sumar, y si lo que se sumaba eran mujeres, tanto mejor.
En seguida la movida contó con varios amigos del círculo próximo, entre ellos el inefable Charly Zeppa, y a poco de lanzarse a las calles por primera vez Mosaico, “revista literaria de publicación bimestral”, comenzaron a acercarse desconocidos con ideas similares a las nuestras. Se presentó un muchacho delgado (he olvidado su nombre), de etnia incaica, seriamente convencido de ser la Santísima Trinidad rediviva y de que con el teodolito de Guillermo se podían distinguir ovnis desde el jardín. ”¿Dios?... Dios soy yo” proclamaba a menudo. Al principio pensamos que bromeaba, pero pronto descubrimos con gozosa alarma que era un delirante. Si fracasábamos en reprimir a tiempo alguna sonrisa inadecuada a su argumento, pretendía confirmar cordura alegando no ser ni la reencarnación de Napoleón ni la de Ramsés II (aunque esto último lo decía lentamente y con aura misteriosa). Sospechábamos también alguna cuenta pendiente con la justicia, ya que rehusaba con vehemencia a darnos su domicilio, y más allá de las reuniones periódicas sólo podíamos comunicarnos con él por teléfono según números que perduraban no más de algunas semanas: “dejá que te llamo yo” era otra de sus muletillas.
Recuerdo también a Fernando, un poeta excepcional, de naturaleza inquietante y errática. Nos aseguraba que no corríamos riesgo físico alguno en su presencia ya que, si bien había sido internado en un neuropsiquiátrico, creo que el Borda, por años (y según diagnóstico bien celado), había ya ganado el alta en buena ley: dudosa garantía, tanto más cuanto que solía desaparecer por largos períodos sin previo aviso, para luego volver y relatarnos, ufano, cómo había sobrellevado con gallardía infames tratamientos de electrochoque y fármacos a los que había sido sometido, enfermeros brutales y cinchas de cuero mediante.
Llegaron también las chicas: Magalí y Sabrina; con atractiva y turgente frescura, cada una a su turno le negaron favores a un sentimental Marcelo, causándole indelebles vuelcos de corazón. Supieron infligirle dolor con esa crueldad impía y obscura que gesta en la mujer cuando un hombre la ama y ella no.
Si Mosaico llegó a durar tres gloriosos números fue gracias al empeño y sudor de mi amigo, quien, redunda aclarar, era su director y casi todo lo demás. Es verdad que él concretaba prácticamente solo la tarea de producción (y nos recriminaba a su modo en tal sentido), pero es cierto también que no se sentía a gusto delegando responsabilidades de importancia. Discutimos al respecto en alguna oportunidad, aunque, creo, sin las necesarias objetividad, honestidad y autocrítica, y fue en definitiva ese desequilibrio el detonante de la ruptura del emblema.
III.
Hojeo viejos ejemplares de Mosaico mientras Marcelo mastica pizza casera y me examina, sentado en ese receso que su ingenio articulara debajo del ventanal que abre al jardín y que será poltrona cuando finalmente disponga de algún almohadón al desús. Leo y se agolpan en un solo plano de la memoria peceras con levistes de colas iridiscentes, frascos de mermelada con la tapa agujereada y betas en su interior, carassius que se niegan a copular, cojinetes de biela de Rally Sport que bailan entre los dedos regordetes de Bayer, frutillas chiquitas con crema en un bol transparente, un aderezo verde picantísimo, risas, el cruce con los pies descalzos de un río violento y de lecho rugoso, el despertador a cuerda de un batiscafo nunca concretado, la función cuadrática que describiría el perfil de la ojiva de un cohete casi estratosférico, el olor a ácido acético del laboratorio fotográfico en un baño precario, un ladrillo colgando de un hilo de nailon sobre mi cabeza, la estafa de una ampliadora sin objetivo, cables, teclas fluorescentes, rueditas acariciadas por escobillas que chirrían dentro de un cajón de manzanas, latas de aceite desfondadas, celofán rojo, amarillo y verde que reluce y se apaga con ritmo vacilante; uno, dos féretros…
IV.
Marcelo lamenta la ausencia de Alejandro esta noche. Mosaico nunca murió. Hay signos que anuncian su nuevo embate. Hemos de rescatar nuestros despojos de las iras del tiempo, recuperar apenas una llama. Ojalá.
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