Imágenes del sexo y la muerte
por Marcelo Curzi
I.
La policía había desbaratado una vez más la banda de prostitutas del cementerio de San Fernando, y por algunos días no se verían las mujeres yendo y viniendo con paso lento por la vereda de Sobremonte. Aquella tarde, comentábamos divertidos la noticia mientras tomábamos mate en la ferretería de Soy Daniel, a través de cuyas puertas entreabiertas podíamos distinguir el pálido y brutal paredón al otro lado de la calle. Chistes predecibles y comentarios procaces nos hacían estallar en carcajadas, que festejaban más la alegría de nuestra cordial compañía que la basta comicidad de las elaboraciones.
Era sabido que, por las noches, las chicas seducían a sus clientes en las inmediaciones del cementerio y luego los conducían intramuros para consumar su oficio usurpando la inquietante intimidad de bóvedas y criptas, cuyo acceso habría liberado ex profeso la complicidad de algún cuidador.
Observaba las tétricas cúpulas con cruces, esculturas y sombras, que amenazaban por detrás del muro. Imaginaba la noche sin luna, impregnada de claveles mustios, que enmarcaría el triste cuadro de un infeliz echado, con los pantalones bajo las rodillas, sacudiéndose torpe sobre la indiferencia de una puta con la falda por la cintura.
II.
Creo que fue en ocasión del fallecimiento de un amigo de mi padre. Yo tendría quince o dieciséis años. Finalizada la breve ceremonia en el espanto del crematorio de la Chacarita, devanábamos sin apuro el laberinto de sendas entre lápidas y cipreses. Me embargaba esa emoción lúgubre que oprime el ánimo en tales ocasiones, y que sabía me acompañaría por algunos días envenenando cualquier atisbo de optimismo o alegría. Mientras caminábamos, papá me observó por algunos segundos antes de comentar: “Los cementerios son un buen lugar para venir a estudiar, o a leer…”. No recuerdo si agregó que él lo solía hacer en sus épocas de estudiante. Respondí con tácito escepticismo. Luego de otro rato de silencio continuó: “Es curioso, pero el ámbito del cementerio siempre me exacerbó la libido, me solía agarrar unas calenturas terribles...”. Era característico su modo de pronunciar la erre, larga e in crescendo, cuando quería sonar casual.
Calentura en la Chacarita. Acaso el arrebato desesperado de la vida intentando imponerse ante toda la muerte junta.
III.
Papá la estaba pasando mal. Respiraba con mucha dificultad, y su sufrimiento se leía todo en el rostro grave de ojos cerrados casi con fuerza. Le dije algo pero no me contestó. Yo sabía que odiaba la clínica, que internarlo nuevamente sería quizás confirmarle el fin, disipar su última esperanza. Decidí por él y postergué una vez más la llamada. Tembloroso, sujeté el elástico de la mascarilla por detrás de su cabeza. Coloqué el pulsador del timbre debajo de la almohada y le dije que regresaría en pocos minutos. La impotencia era punzante. Encendí el nebulizador, y el zumbido ronco me acompañó mientras huía escaleras abajo.
Crucé el patio descalzo, casi corriendo, sobre la laja que ardía en el meridiano de enero. Abrí la puerta y me inundó en seguida el sosiego del perfume suave y las risitas cristalinas de Nicole desde la habitación contigua. La video reproducía un caos de suspiros y gemidos sin principio ni fin. Cuando me aproximé a la cama, Nicole se incorporó y me besó con pretendida lascivia en la cadera; me recosté a su lado mientras le devolvía un beso ardiente y desesperado en la boca. Para mi sorpresa, lo aceptó. Con un giro felino se ubicó encima de mí, y una cascada mágica de cabello radiante cayó como una bendición sobre mis ojos. Y no ví más.
Los corticoides no surtieron efecto alguno, y mi padre había empeorado considerablemente durante los quince o veinte minutos de mi ausencia. Le pregunté si quería que llamase ahora a la ambulancia. Todavía no. Con el pecho oprimido, marqué el número de la enfermera y le rogué que viniese lo antes posible para aplicarle una dosis de la droga inyectable, reservada para situaciones como la que ahora se presentaba.
Extasiado, me detuve silencioso en el umbral para observar una vez más la cándida y voluptuosa frescura de Nicole, sentada sobre la cama con las piernas en cruz y jugueteando con un teléfono celular. Los gemidos y exclamaciones incesantes del televisor habrían ahogado, suponía, el rumor de mi llegada, pero ella alzó la vista de repente y me increpó con irresistible sensualidad: “te mandé un mensajito de texto porque te extrañaba. ¿Dónde te fuiste?”. Casi no me pude sostener en pie. Nicole era realmente buena.
La enfermera y su inyección tampoco fueron efectivas, y el estado de Papá era ahora crítico. Esta vez asintió con esfuerzo a mi demanda y la ambulancia demoró menos de cinco minutos en llegar. Tres horas más tarde volvía a casa solo y con las ansias exhaustas.
Me había olvidado de Nicole. Ya no estaba. En el cuarto ahora sin suspiros, la cama estaba tendida y los dos billetes de cien pesos aún asomaban prolijos por debajo del velador sobre la mesita de luz.
IV.
Sentado en la silla metálica, de espaldas a la ventana, miraba sin leer las letritas negras de un diario que sostenía en las manos con el único propósito de ocultar mi angustia a los ojos de papá, si fuera que alguna vez los abriese. Respiraba trabajosamente. Giré algo la espita para aumentar el caudal de oxígeno, y me sentí estúpidamente reconfortado.
No supe cuándo, el movimiento de su pecho se hizo apacible, rítmico y profundo. Aferré de nuevo la recurrente alucinación, y soñé que el celado cáncer había rendido finalmente, que la recuperación era posible después de todo; odié una vez más a aquellos que habían anunciado la muerte inexorable. Poco después escuchaba aterrado cómo sus inspiraciones se espaciaban, lenta y gradualmente, hasta que se detuvieron. El diario cobarde permanecía frente a mi cara, dándole la espalda a mi padre que moría.
Papá se extinguió con suavidad. Nunca habría yo imaginado que la muerte podía ser tan dulce, tan tierna; tan inevitable y buena. Lloraba de rodillas al borde de la cama, sosteniendo su mano todavía joven mientras los dedos se le convertían en piedra. La sábana cubría su otra mano, la derecha, que caía inerte sobre la ingle envolviendo el emblema último de persistencia de la vida del varón; protegiendo el símbolo cabal de la versátil esencia de su existir.
_________

This work is licensed under a Creative Commons Attribution-Noncommercial-No Derivative Works 2.5 License.
I.
La policía había desbaratado una vez más la banda de prostitutas del cementerio de San Fernando, y por algunos días no se verían las mujeres yendo y viniendo con paso lento por la vereda de Sobremonte. Aquella tarde, comentábamos divertidos la noticia mientras tomábamos mate en la ferretería de Soy Daniel, a través de cuyas puertas entreabiertas podíamos distinguir el pálido y brutal paredón al otro lado de la calle. Chistes predecibles y comentarios procaces nos hacían estallar en carcajadas, que festejaban más la alegría de nuestra cordial compañía que la basta comicidad de las elaboraciones.
Era sabido que, por las noches, las chicas seducían a sus clientes en las inmediaciones del cementerio y luego los conducían intramuros para consumar su oficio usurpando la inquietante intimidad de bóvedas y criptas, cuyo acceso habría liberado ex profeso la complicidad de algún cuidador.
Observaba las tétricas cúpulas con cruces, esculturas y sombras, que amenazaban por detrás del muro. Imaginaba la noche sin luna, impregnada de claveles mustios, que enmarcaría el triste cuadro de un infeliz echado, con los pantalones bajo las rodillas, sacudiéndose torpe sobre la indiferencia de una puta con la falda por la cintura.
II.
Creo que fue en ocasión del fallecimiento de un amigo de mi padre. Yo tendría quince o dieciséis años. Finalizada la breve ceremonia en el espanto del crematorio de la Chacarita, devanábamos sin apuro el laberinto de sendas entre lápidas y cipreses. Me embargaba esa emoción lúgubre que oprime el ánimo en tales ocasiones, y que sabía me acompañaría por algunos días envenenando cualquier atisbo de optimismo o alegría. Mientras caminábamos, papá me observó por algunos segundos antes de comentar: “Los cementerios son un buen lugar para venir a estudiar, o a leer…”. No recuerdo si agregó que él lo solía hacer en sus épocas de estudiante. Respondí con tácito escepticismo. Luego de otro rato de silencio continuó: “Es curioso, pero el ámbito del cementerio siempre me exacerbó la libido, me solía agarrar unas calenturas terribles...”. Era característico su modo de pronunciar la erre, larga e in crescendo, cuando quería sonar casual.
Calentura en la Chacarita. Acaso el arrebato desesperado de la vida intentando imponerse ante toda la muerte junta.
III.
Papá la estaba pasando mal. Respiraba con mucha dificultad, y su sufrimiento se leía todo en el rostro grave de ojos cerrados casi con fuerza. Le dije algo pero no me contestó. Yo sabía que odiaba la clínica, que internarlo nuevamente sería quizás confirmarle el fin, disipar su última esperanza. Decidí por él y postergué una vez más la llamada. Tembloroso, sujeté el elástico de la mascarilla por detrás de su cabeza. Coloqué el pulsador del timbre debajo de la almohada y le dije que regresaría en pocos minutos. La impotencia era punzante. Encendí el nebulizador, y el zumbido ronco me acompañó mientras huía escaleras abajo.
Crucé el patio descalzo, casi corriendo, sobre la laja que ardía en el meridiano de enero. Abrí la puerta y me inundó en seguida el sosiego del perfume suave y las risitas cristalinas de Nicole desde la habitación contigua. La video reproducía un caos de suspiros y gemidos sin principio ni fin. Cuando me aproximé a la cama, Nicole se incorporó y me besó con pretendida lascivia en la cadera; me recosté a su lado mientras le devolvía un beso ardiente y desesperado en la boca. Para mi sorpresa, lo aceptó. Con un giro felino se ubicó encima de mí, y una cascada mágica de cabello radiante cayó como una bendición sobre mis ojos. Y no ví más.
Los corticoides no surtieron efecto alguno, y mi padre había empeorado considerablemente durante los quince o veinte minutos de mi ausencia. Le pregunté si quería que llamase ahora a la ambulancia. Todavía no. Con el pecho oprimido, marqué el número de la enfermera y le rogué que viniese lo antes posible para aplicarle una dosis de la droga inyectable, reservada para situaciones como la que ahora se presentaba.
Extasiado, me detuve silencioso en el umbral para observar una vez más la cándida y voluptuosa frescura de Nicole, sentada sobre la cama con las piernas en cruz y jugueteando con un teléfono celular. Los gemidos y exclamaciones incesantes del televisor habrían ahogado, suponía, el rumor de mi llegada, pero ella alzó la vista de repente y me increpó con irresistible sensualidad: “te mandé un mensajito de texto porque te extrañaba. ¿Dónde te fuiste?”. Casi no me pude sostener en pie. Nicole era realmente buena.
La enfermera y su inyección tampoco fueron efectivas, y el estado de Papá era ahora crítico. Esta vez asintió con esfuerzo a mi demanda y la ambulancia demoró menos de cinco minutos en llegar. Tres horas más tarde volvía a casa solo y con las ansias exhaustas.
Me había olvidado de Nicole. Ya no estaba. En el cuarto ahora sin suspiros, la cama estaba tendida y los dos billetes de cien pesos aún asomaban prolijos por debajo del velador sobre la mesita de luz.
IV.
Sentado en la silla metálica, de espaldas a la ventana, miraba sin leer las letritas negras de un diario que sostenía en las manos con el único propósito de ocultar mi angustia a los ojos de papá, si fuera que alguna vez los abriese. Respiraba trabajosamente. Giré algo la espita para aumentar el caudal de oxígeno, y me sentí estúpidamente reconfortado.
No supe cuándo, el movimiento de su pecho se hizo apacible, rítmico y profundo. Aferré de nuevo la recurrente alucinación, y soñé que el celado cáncer había rendido finalmente, que la recuperación era posible después de todo; odié una vez más a aquellos que habían anunciado la muerte inexorable. Poco después escuchaba aterrado cómo sus inspiraciones se espaciaban, lenta y gradualmente, hasta que se detuvieron. El diario cobarde permanecía frente a mi cara, dándole la espalda a mi padre que moría.
Papá se extinguió con suavidad. Nunca habría yo imaginado que la muerte podía ser tan dulce, tan tierna; tan inevitable y buena. Lloraba de rodillas al borde de la cama, sosteniendo su mano todavía joven mientras los dedos se le convertían en piedra. La sábana cubría su otra mano, la derecha, que caía inerte sobre la ingle envolviendo el emblema último de persistencia de la vida del varón; protegiendo el símbolo cabal de la versátil esencia de su existir.
_________

This work is licensed under a Creative Commons Attribution-Noncommercial-No Derivative Works 2.5 License.




